Málaga.- Pasados unos días de una de las citas más esperadas del año, la capital de la Costa del Sol aún vibra con el eco de la noche de San Juan. Una festividad que arrastra un indiscutible peso tradicional, no solo en diversos rincones de España, sino de manera muy especial en Málaga, donde el mar se convierte en el escenario absoluto.
Es la noche de los encuentros; el momento en que miles de personas se acercan al litoral para estirar la velada, compartir con amigos y cumplir con ritos ancestrales. Esa complicidad colectiva no es nueva; es el reflejo de una herencia arraigada. Los malagueños más veteranos recuerdan con nostalgia cómo, décadas atrás, la magia se cocinaba en el corazón de los barrios. Eran los niños y jóvenes quienes asumían el protagonismo, dedicándose a juntar maderas viejas y trastos para levantar la gran hoguera. Con ingenio, ellos mismos moldeaban esas figuras populares, compitiendo con orgullo sano por ver qué calle lograba el “júa” más original antes de entregarlo a las llamas a medianoche.
Sin embargo, tras el fuego y los deseos, la realidad del amanecer nos devuelve una imagen que invita a la reflexión profunda. El tema que nos lleva a analizar esta festividad es el de la basura. El Ayuntamiento de Málaga ha dado a conocer que la pasada madrugada de San Juan se logró disminuir la cantidad de residuos recogidos en comparación con el año anterior, registrando una bajada de casi el 6%. Pero el balance sigue dejando una pregunta incómoda en el aire: ¿cómo es posible que, con tantos adelantos tecnológicos, campañas de concienciación y facilidades, se sigan recogiendo toneladas de desperdicios en la arena?
Una celebración de este calibre debería ser un reflejo de civismo, una fiesta limpia que mostrará la conducta ejemplar y el respeto de las personas hacia su propio entorno natural. En lugar de eso, el litoral se convierte por unas horas en un vertedero improvisado que exige un esfuerzo humano y material descomunal para devolverle la sonrisa a la ciudad.
Porque, en el fondo, el problema de la basura es un problema estrictamente de conducta humana. No hace falta esperar a San Juan para comprobarlo; basta con pasear por las calles de nuestros barrios o por las mismas autovías. Al voltear la mirada, nos encontramos una y otra vez con latas de refresco, latas de cerveza y desperdicios acumulados. A pesar de contar con paisajes idilicos y rincones de gran belleza visual, la estampa se empaña porque cada vez hay más basura abandonada.
Un ejemplo claro de esta preocupante cotidianidad se vive al salir a caminar por el barrio. Al seguir el trayecto que realiza el autobús de la línea 38, pasando incluso por zonas escolares, se puede observar cómo entre los alcorques y las raíces de los árboles se acumulan desechos de todo tipo.
Esta triste realidad evidencia una falta total de concienciación que ya no entiende de edades. No es una cuestión de jóvenes o mayores; es un problema transversal. Tanto adultos como niños tiran la basura al suelo con una facilidad pasmosa, de manera casi automática, sin detenerse un segundo a pensar en el impacto visual, medioambiental y económico que están causando a la comunidad.
Frente a este panorama, las comparaciones internacionales resultan inevitables. Una de las imágenes más potentes que ha dejado el panorama global en los grandes eventos deportivos es la admiración unánime hacia el pueblo japonés. Allá donde se presenta su afición, los seguidores no solo recogen escrupulosamente lo que han consumido, sino que dedican los minutos posteriores al pitido final a limpiar el graderío. El estadio entero puede estar sepultado bajo los desperdicios, pero la zona ocupada por los ciudadanos japoneses queda impecable. Cabe preguntarse entonces: ¿por qué no somos capaces de adoptar esta conducta a nivel general?
Desgraciadamente, el problema en nuestro entorno ya no distingue tampoco de clases sociales, supuestos niveles educativos o el simple pudor de querer “quedar bien”. Se comprueba en los contextos más inesperados. Recientemente, durante la presentación de las nuevas salas de cine, rodeados de personas supuestamente representativas de cierto nivel cultural y social, la escena se repitió: al levantarnos de unos asientos estupendos para disfrutar del cine, en el suelo ya lucía botellas de agua abandonadas por los asistentes en sus propios asientos. Si en esos ámbitos se carece del gesto básico de llevarse el propio envase a la papelera, el problema es estructural. ¿Qué nos está pasando?
Para mitigar esta preocupante huella en el litoral tras la noche festiva, la empresa municipal Limasam tuvo que desplegar un plan de contingencia especial desde las 05:30 horas de la madrugada. Un ejército de 227 operarios —compuesto por 71 trabajadores del servicio habitual de temporada alta y un refuerzo específico de 156 operarios— intervino a contrarreloj en todas las playas de la capital.
El resultado del despliegue habla por sí solo: se retiraron más de 19,6 toneladas de residuos (19.630 kilos). La playa de la Malagueta volvió a coronarse como el epicentro de la acumulación, registrando por sí sola aproximadamente 8 toneladas de basura. Para lograr que el espacio público quedara plenamente operativo y limpio para los bañistas entre las 9:30 y las 10:00 de la mañana, fue necesaria la movilización de 75 vehículos (59 más que un día habitual), incluyendo tractores, camiones cisterna y máquinas limpiaplayas, además de la instalación de 40 contenedores de gran capacidad y 330 papeleras extra en los paseos marítimos y la arena.
La eficacia de los servicios de limpieza públicos es indiscutible y digna de aplauso, pero el volumen de residuos retirados demuestra que el verdadero progreso no vendrá de la cantidad de maquinaria que limpie la arena, sino de las manos de quienes la pisan.
Hoy en día se habla constantemente, y en alta gama, de la crisis climática, de un mundo cada vez más contaminado y de las grandes cumbres políticas internacionales donde se debaten soluciones macroeconómicas. Sin embargo, rara vez nos detenemos a analizar desde qué punto, de manera individual, apoyamos e impulsamos esa misma contaminación. Porque la destrucción ecológica no es solo una densa nube sobre las grandes industrias; es también el micro incivismo diario que normalizamos en nuestras calles.
No estamos hablando únicamente de grandes botellones o de envases plásticos. El problema se traduce en esos pequeños gestos cotidianos: el fumador que arroja la colilla a la acera sin parpadear; el dueño que saca a pasar a su perro y deja la suciedad en la vía pública; o aquellos que, en un acto de desidia absoluta, tiran las bolsas de basura fuera de los contenedores, dejándolas en el suelo a expensas de que se rompan.
¿Hacia dónde vamos si somos incapaces de asumir la responsabilidad de nuestro propio metro cuadrado? Ante esta falta de empatía colectiva, la pregunta final se vuelve inevitable y un tanto desalentadora: ¿qué medidas se deben tomar? ¿Acaso el ser humano actual necesita tener un policía detrás de cada esquina que lo multe para aprender a comportarse, simplemente porque es incapaz de actuar por conciencia propia? Si la única respuesta efectiva es el castigo y el bolsillo, significará que, como sociedad supuestamente avanzada, habremos fracasado rotundamente.


