De expertos en formalidades e hipocresías.

Angélica Rivera, la gaviota desplumada.

El ´brindis zarista´,

´Le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí. Que no se quede callado Quien quiera vivir feliz…´

Hola que tal chamacones y chamaconas, finos lectores. Hoy empiezo estas líneas con una estrofa de la canción folklórica ´Le tengo rabia al silencio´ interpretada por la cantante y actriz francesa Marie Laforet y en cuyo videoclip sale casi llorando. Sin lugar a dudas, una auténtica joya que almacena YouTube.

Si observan la letra de la canción mis chamacones, esa podría ser la situación actual de la actriz Angélica Rivera tras su divorcio del expresidente Enrique Peña Nieto. Y es que dicen, la ex Primera Dama no está rabiosa, sino lo que le sigue.

No cabe duda que en esta vida todo se paga, y si premeditadamente la señora Rivera quiso ser parte de un show para favorecer intereses políticos y mediáticos, léase PRI-Televisa, al final fue ella quien resultó más dañada que cualquier otro mexicano.

No extraña pues, que frustrada y cegada de ira esté en busca de venganza en contra de Peña Nieto y todo lo que tenga que ver con el ´heteropatriarcado falocéntrico opresor´, dijera la chamacada.

Ahora bien, la ruptura de la pareja ex presidencial no es nada nuevo para los mexicanos. En el mismo canal YouTube se pueden encontrar vídeos que dieron cuenta, en su momento, en eventos públicos, de los disgustos y las diferencias que ya traía el matrimonio Peña Rivera a mediados de su sexenio, sino es que desde el principio.

Esas evidencias audiovisuales simplemente confirman el dicho de que las formalidades y protocolos cumplen un papel preventivo en la diplomacia oficial y en la vida cotidiana y que también son útiles para detectar la calidad de los hipócritas.

 

´Que con su pan se lo coman´, decía la abuela, porque quisieron burlarse de los mexicanos y ´en el pecado están llevando la penitencia´.

 

El brindis zarista.

 

Ya que andamos hablando de formalidades, protocolos e hipocresías, déjenme contarles un poco de lo que pasaba en el interior del palacio imperial ruso.

 

Sucede que, durante las ceremonias celebradas en dicho recinto, llegaba el momento en que el zar en turno, tenía la facultad de brindar para bien, o para mal, por sus invitados. Para esto, cuando los informes eran buenos sobre alguien, lo pasaba al frente y brindaba alzando una copa de vino, pero si el informe era malo, ya sea por traición o porque el invitado había caído en desgracia, el zar brindaba alzando una copa de agua. Con esto, el invitado exhibido salía avergonzado del salón y se pegaba un tiro en el balcón del mismo.

 

En resumen, todos entraban por la puerta principal saludándose cordialmente, pero nadie sabía cómo saldría a causa de los informes que recibiría el zar por el mismo círculo de allegados que ahí convivían.

 

Hoy en día, las medidas ya no son tan drásticas, aunque las traiciones siguen siendo las mismas. Hay verdaderos expertos en dar la mano sin dar la mano. Hay quienes simulan disposición y buena voluntad, pero sus intenciones son otras.

 

Se nota cuando lo que estrechas no es una mano, sino un mero espectro manual, una mano de segunda mano.

 

Lo mismo sucede con los pactos, por eso lo digo, por la habilidad de algunos para la descortesía. Y aunque no es fácil negarse a una mano tendida, mucho cuidado debe tenerse con los expertos en dar la mano sin dar la mano porque son quienes dan apertura a las hostilidades.

 

Por hoy es todo mis chamacones. Nos leemos en la próxima edición.